La práctica de la fotografía ha avivado en mí ciertos y asombrosos sentidos. Voy por la calle encuadrando imágenes, buscando la luz, capturando situaciones, mirando a la gente a los ojos tratando de ver dentro de ellos las historias que esconden.
Caminaba por San Lázaro y me encuentro a este señor sentado en la acera, tenía consigo un saco donde estaba guardando algo y a su lado unas muletas, signo visible de su incapacidad para caminar, me acerqué para conversar con él y así introducir mi interés por tomarle algunas fotografías. Me explica que se dedica a limpiar calderos que la gente le lleva o que los encuentra por la calle y luego los vende en los portales de la avenida Galiano.
Alberto Ribero tiene 70 años, es nacido y criado aquí mismo en el barrio de San Leopoldo en Centro Habana, toda la vida ha vivido en el edificio Carrera Justiz donde su madre era empleada, aquí creció junto con su hermano y otros dos niños que también eran hijos de trabajadores del inmueble. Actualmente es el habitante más antiguo de este otrora rascacielos que a inicios del siglo pasado fue catalogado en su momento como el más alto de la Habana, dibujando el incipiente skyline capitalino junto con otros emblemáticos edificios como el Focsa y el Hotel Presidente.
A inicios de la Revolución estuvo becado en la Isla de la Juventud, pero eso duró poco pues el joven citadino no se adaptó a la vida fuera de la ciudad. Estudió Educación Laboral y Dibujo Técnico en el Varona y ejerció el magisterio durante la primera mitad de la década del 80. Luego se alejó de las aulas y comenzó un largo peregrinar por diferentes puestos laborales y oficios; Chofer, Amarillo, Azul (solo los cubanos entienden qué es un Amarillo y qué es un Azul), Inspector, Cobrador del Gas donde fue Vanguardia Provincial por seis años consecutivos, que los recuerda además como una de sus mejores épocas, pues los clientes siempre le dejaban algo de propina.
A mediados de los 90 tuvo un corto paso por la empresa SEPSA y luego formó parte del cuerpo de Garangaos; servicio de seguridad a empresas estatales, donde se mantuvo por quince años, pero estar haciendo guardia bajo ese régimen estricto le provocó problemas en las rodillas que lo obligaron a entrar al salón de operaciones en par de ocasiones.
Mientras me contaba toda su trayectoria laboral, me dice que sus últimos años de trabajo antes de jubilarse en 2020, fueron en el Registro Civil de Centro Habana y en forma de jarana me comenta que un amigo una vez le dijo –¡Compadre cuántos uniformes tú te has puesto!–.
A día de hoy Alberto no puede caminar sin ayuda de sus muletas, sube y baja los siete pisos de su casa al menos dos o tres veces al día –A veces el elevador funciona, pero si no tengo los cinco pesos para pagarlo entonces subo por la escalera–. En las tardes se sienta a conversar y a darse unos tragos con algunos amigos en el parque de Campanario, pero se recoge temprano porque por la noche se pone malo el ambiente con el asunto de los muchachos fumando droga.
En su casa guarda tornillos, tuercas, arandelas, y cuanta cosa uno puede imaginarse en cajas de fósforos; cientos de miles de cajas de fósforos, que luego reutiliza para poner asas a las cazuelas, armar alguna cosa o simplemente regalárselo a algún vecino que lo necesite.
Parece ser que acumular objetos es un factor común entre los ancianos que viven en precarias condiciones, es como si usaran las cosas que guardan como una tabla de salvación, una manera de mantenerse activos, manteniendo con vida lo que ya ha muerto y creando así una cadena de reciclaje que beneficia a ellos y otras personas a su alrededor.
Alberto recibe una pequeña pensión que como siempre, no alcanza, por otro lado está adscrito al Proyecto Sociocultural Cabildo Quisicuaba que le proporciona una comida al día y con eso logra estirar un poco, pero no alcanza. Alberto no deja de trabajar, no puede darse el lujo de dejar de trabajar, tiene que trabajar porque es la única manera de proporcionarse los medicamentos que necesita y compra a precios exorbitantes, –Cada vez que subo o bajo la escalera los dolores son insoportables. ¡Nunca pensé vivir una vejez así!–