El frágil anciano

El frágil anciano

La Habana es la ciudad de las columnas, los portales, las tiendas de moda, los autos de último modelo, los casinos, los bares famosos, los hoteles de lujo y los anuncios de neón. Pero también es la ciudad de los mendigos, los abandonados en la calle, los que piden limosna y los niños descalzos.

Esta pudiera ser la descripción de La Habana de antes de 1959, de la ciudad a la que no queremos volver jamás porque era la ciudad (el país entero) de la desigualdad, los analfabetos y los grandes contrastes entre clases sociales.

Hubo un tiempo; ya lejano, en que todo eso acabó, entonces fuimos todos iguales y tuvimos los mismos derechos y deberes, todos nos volcamos a trabajar por el porvenir, pero ese otro tiempo también acabó. Hoy La Habana (siempre tengo que poner entre paréntesis «Cuba entera») es el resultado de la mezcla de todo lo malo de todos los tiempos.

Hace unos días caminaba por las calles aledañas al Parque Central y al pasar por la icónica esquina de Prado y Neptuno veo a este señor, preferí no acercarme, no saber nada, elegí construir la foto desde lejos, donde un frágil anciano decide pasar lo que pueden ser sus últimos días bajo el resguardo de musculosas columnas que han visto pasar los siglos, esperando a que del cielo baje una mano piadosa y deje caer un billete, un cigarro, un pedazo de pan, algo.

El anciano carga consigo todo lo que no tiene, como mismo carga sus dolores, su estómago vacío, su salud deteriorada, la pierna que le falta. Tal pareciera que es él quien sostiene las columnas como mismo carga el peso de su vida toda.

¿Por qué?