Rubén

Rubén

Supe de Rubén hace algún tiempo cuando una tarde pasé por el lugar donde vive y detrás de un cartel de venta de café, vi a un hombre mayor y de aspecto ermitaño.

Rubén vive detrás del patio de la terminal de trenes en la Habana Vieja, bajo el ruido atronador del roce de los hierros de las locomotoras con los rieles de los elevados. En su patio hay plantas de malanga, frutabomba, naranja y plátanos, y guarda en su casa multiplicidad de objetos que recoge por la calle y que luego les da vida nuevamente cuando los usa para arreglar lavadoras, ventiladores, cocinas eléctricas e infinidad de aparatos domésticos que los vecinos del barrio le llevan para que él los arregle. Su sensibilidad le alcanza para colocar en los muebles de su casa muñecos que antaño durmieron al son de una nana en brazos de otros niños, a cambio recibe de ellos la grata compañía de la inocencia.

A los 16 años vino para la Habana procedente de un lugar intrincado llamado Laguna Negra en el poblado de Buenaventura en Holguín, en los primeros tiempos se quedaba en casa de un hermano que vivía aquí.

Al inicio trabajó como ayudante en la construcción, en la JUCEI municipal, perteneció a la “Brigada Che Guevara” dedicada a las labores agrícolas y forestales, hasta que comenzó a trabajar en los trenes como oficial de seguridad en los viajes de carga, labor en la que se mantuvo durante de 10 años, finalmente pasó el sector de salud pública en el que trabajó por un período de 30 años, donde se retiró en 2010 y al que estuvo vinculado por otros nueve años..

Como tantas personas de la tercera edad, hoy Rubén percibe una pensión que no alcanza para mucho, por eso pasa los días trabajando en su casa, armando o inventando cosas y ayudando a la gente cuando necesitan arreglar equipos viejos y rotos, porque el entorno que lo rodea es también de gente pobre y humilde como él.

Pero nada de eso parece tener mucha importancia, Rubén es un tipo querido por la gente y por lo general tiene visitas en su casa, como aquella amable señora que conocí la primera vez que lo visité, una vecina que de vez en cuando va y le da una vuelta y lo cuida porque es enfermera.

Una vez más doy gracias a la fotografía porque me ha dado la oportunidad de conocer a este hombre que desborda afabilidad y ternura, pero de igual manera no dejo de pensar en sus condiciones de vida, en todo lo que tiene que trabajar para poder subsistir, en sus dolores causados por el virus que afecta hoy a gran parte de la población y en el tiempo que tiene que esperar por una operación que alivie sus leves trombosis.

¿Por qué?

Los ancianos como él, como mi madre, como Aleida, gastaron sus años de juventud y en algunos casos su vida entera en un sueño que se convirtió en pesadilla, en un futuro que se apagó y en miles de batallas sin victorias.

¿Por qué?