A veces siento que soy como una sanguijuela, voy por la calle buscando sujetos o situaciones que fotografiar, aunque ello implique una autoflagelación. Cuando he hecho fotos como esta, he llegado a sentir una repulsión enorme hacia mí, por el sencillo (o no tanto) hecho de fotografiar a una persona totalmente desvalida, abandonada, literalmente tirada en la calle sin nada que comer o mucho menos donde pasar la noche.
Quisiera hacer fotos «lindas» de la Habana, fotos que narren historias de amor y felicidad al estilo de Paris-Je t’aime de Peter Turnley, pero ni la Habana es París, ni yo soy Peter Turnley, ni es mi culpa que personas como el señor de la foto estén abandonados a su suerte en la calle.
La Habana (y Cuba entera) se ha llenado de gente desamparada, sobre todo personas que superan los 60 años, que fueron jóvenes al inicio de la década de 1960 y que en su gran mayoría se sumaron al proceso revolucionario de la época y los años subsiguientes. Personas que tenían el corazón y el alma llenos de luces por el porvenir, por convertirse en el «hombre nuevo», que dejaron parte de su juventud en aquel tiempo vertiginoso, convulso y dorado para que hoy nosotros; los más jóvenes, pudiéramos gozar de un futuro promisorio. Pero todo fue en vano, la vida se nos ha diluido entre las manos, hoy no tenemos nada.
Cuba padece; a mi entender, la mayor crisis de su historia y por desgracia, son los mayores; nuestros mayores, los que más sufren esta fiebre que nos alcanza a todos. Siento que como fotógrafo es mi deber documentar la vida de nuestra ciudad, es la manera que he encontrado para aportar algo al proceso de cambio en el que inevitablemente nos encontramos como nación.
Es verdad que hacer estas fotos a veces se torna muy difícil y genera en mi sentimientos repulsivos, nauseabundos y hasta culpa, pero peor deberían sentirse los responsables de que estemos viviendo de la manera indigna en que lo hacemos, aunque ellos ni siquiera se enteren ni les importemos.